Las transformaciones cutáneas del envejecimiento de la piel forman parte de la disminución progresiva de nuestras funciones. Así, la piel se va haciendo fina, frágil, más permeable y menos elástica. También pierde melanocitos, por eso se vuelve más sensible al sol. Las glándulas sudoríparas y sebáceas también disminuyen, lo que puede dar como resultado una importante deshidratación y sequedad casi permanente.
Desde el punto de vista inmunitario, el número de células encargadas de intervenir contra microbios y sustancias agresivas también se reduce, haciendo que la piel se vuelva todavía más vulnerable a las infecciones e irritaciones. Las arrugas y la laxitud, por su parte, se deben al efecto de la gravedad y, sobre todo, a una pérdida importante de la cantidad y de la organización del colágeno y de las fibras elásticas.
Además, el número de pequeños vasos sanguíneos que nutren la piel también disminuye a nivel de la dermis, lo que confiere a la piel un aspecto apagado y transparente. Asimismo, se reducen otras funciones como la producción de vitamina D.
Consejos para cuidar nuestra piel
- Trata de no rascarte la piel seca y con comezón, ya que esto puede rasgar la piel frágil dejándola vulnerable a las infecciones.
- Es aconsejable ducharse diariamente para hidratar la piel.
- Mide la temperatura del agua previamente con el dorso de la mano.
- Usa jabón suave y neutro como el de glicerina, específicamente para su uso en la piel seca y sensible, y enjuágate bien después del lavado.
- Al secarte hazlo con cuidado, asegurándote de que los pliegues de la piel no quedan húmedos. Seca bien entre los dedos de los pies.
- Palmea la piel con una toalla después del baño o la ducha para eliminar el exceso de agua, mejor eso que secar friccionando.
- Es útil el uso de cremas hidratantes para la cara y el cuerpo, ya que ayudarán a evitar la sequedad de la piel.
- Aplica la crema hidratante inmediatamente tras la ducha, mientras la piel está aún húmeda, para mantener la humedad.




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